- Emprenden menos, prefieren el trabajo por cuenta ajena porque es percibido como menos arriesgado.
- Consumen menos, incluso cuando sus ingresos se recuperan, y eligen productos de menor calidad.
- Evitan los estudios de letras y humanidades, y se decantan mucho más por profesiones que se consideran más seguras como informática, enfermería e ingeniería.
- Creen menos en la meritocracia, piensan que el éxito en la vida es más una cuestión de suerte.
- Votan más a partidos de izquierda y creen más en el papel de los gobiernos en la economía.
A lo largo de la historia, la edad ha sido el factor que mejor explica la aversión al riesgo. Las personas mayores suelen ser más conservadoras que las jóvenes. Sin embargo, esto se revierte si la persona joven ha vivido una de estas experiencias traumáticas. Ocurrió en la crisis de 1929, pero también en las de los años 70 y 80: los jóvenes que las vivieron invirtieron de forma mucho más conservadora que sus mayores, o que otras personas de su edad que no pasaron por experiencia similares. También afecta a los profesionales: los directivos que vivieron la Gran Depresión de 1929 gestionaron sus empresas de forma mucho más conservadora. Estos comportamientos se traducen en grandes pérdidas de rentabilidad en el largo plazo (por no invertir su dinero), que pueden suponer muchos miles de euros a la hora de la jubilación.
Las mejores herramientas son la educación y la experiencia. La adquisición de conocimientos de finanzas y la experiencia de primera mano en el mundo de la inversión, pueden ayudar al inversor que ha pasado por una situación compleja. Con tiempo y disciplina podemos enseñar a nuestro cerebro que las caídas, más o menos moderadas, forman parte de la experiencia de la inversión, y, lo que es más importante, que las grandes caídas son eventos excepcionales de los que se sale (si la inversión está suficientemente diversificada). Así, poco a poco podemos