Por eso sorprende que el primer tratado sobre bolsa de la historia se escribiera en español. Se tituló “Confusión de confusiones” y lo publicó, en 1688, José de la Vega, un judío de origen portugués nacido, probablemente, en Córdoba. Su familia había llegado desde España a Ámsterdam unas décadas antes, huyendo de la Inquisición. En la Holanda del siglo XVII los judíos podían practicar su religión, pero muchas profesiones les fueron vetadas. Entre las pocas que no lo estaban se encontraba una recién creada: la inversión en bolsa.
De la Vega describe el funcionamiento de ese mercado recién creado. Su lectura, cuatro siglos después, sorprende. Primero por lo sofisticado de los mecanismos financieros que emergieron con tanta rapidez y aún hoy se usan, como las opciones, los futuros o las ventas en corto.
El ego de los gestores estrella: “están convencidos de que captarán las mejores posibilidades, porque son virtuosos y veteranos en el oficio y porque nadie podrá practicar mejores habilidades que ellos mismos”.Las compras impulsivas de acciones cuando ya han subido los precios: “el deseo de comprar acciones aumenta, y esto intensifica el temor de que tal vez suban más (porque en este aspecto todos somos parecidos: cuando las cotizaciones suben pensamos que vuelan, y cuando vuelan presumimos que huyen de nosotros)”.El papel de las expectativas, mucho más relevantes que la realidad “si llega a saberse que una situación es menos mala de lo que se temía los precios suben a pesar del deterioro de la situación” o “la expectativa de un acontecimiento crea una impresión más profunda sobre el intercambio que el propio cambio”, lo que hoy se conoce como “comprar con el rumor, vender con la noticia”: “Cuando las expectativas (de beneficio) se convierten en realidad, las acciones a menudo caen, porque entretanto han cesado la alegría y el júbilo”.